El inquietante negocio del viejo Lin con Nayib Bukele

Nayib Bukele asumió la presidencia de El Salvador con 37 años en 2019. Tres años después, con el control absoluto de los poderes del Estado, implementó un Régimen de Excepción, en medio de diversas acusaciones por violación de los derechos humanos.

Desde la puesta en marcha de esta medida, cientos de pandilleros han huido a México, Nicaragua, Honduras, Guatemala, Estados Unidos y España.

Esta crónica reconstruye, a través de decenas de testimonios, la masiva salida de quienes antes lograron controlar casi todo el país. Los que quedan están en prisión o en la clandestinidad.

Mientras, Bukele acaba de asumir un controvertido segundo mandato que lo mantendrá en el poder hasta el 2029.

Esta historia se republica como parte de una alianza con Redacción Regional (alianza de medios de centroamérica) y Dromómanos de México.

Una noche a principios de marzo de 2024, un pandillero apodado El Pinki se quedó sin marihuana, así que empuñó un diminuto cuchillo y salió descamisado a la calle dispuesto a asaltar al primer vecino que se le cruzara por delante.

Pronto vio a una señora que caminaba con su carterón bajo el brazo y su celular en la mano. El Pinki, un joven alto y de cara huesuda, le mostró con rudeza sus tatuajes y le arrebató el teléfono de un manotazo. “Mejor dele recto y no se vaya a andar quejando, vieja pendeja”, amenazó.

Después del asalto, el pandillero caminó feliz y listo para cambiar su botín por un poco más de droga, pero un par de cuadras adelante un grupo lo detuvo. Era el presidente comunal y un séquito de hombres vestidos de negro.

“Aquí no vas a andar robando, pendejo”, sentenció el presidente, y uno de sus escoltas le propinó un garrotazo en las piernas con un tubo de hierro.

El Pinki echó a correr desesperado en busca de protección hasta la casa de El Güero, el líder pandillero en esta colonia en Tapachula, una ciudad al sur de México, en la frontera con Guatemala. Aquello, sin embargo, no detuvo a los guardias de la noche: entraron a la casa y siguieron golpeando el esquelético cuerpo de El Pinki.

“Solo en la cabeza no le peguen porque nos podemos comprometer”, ordenó el presidente mientras El Güero observaba aquella escena desde un viejo y curtido sillón.

El Pinki se cubría la cara con las manos hasta que finalmente rompió en llanto.“¡Déjenme, ya no me peguen! ¡Les juro que no vuelvo a robar!”, suplicaba. “¡Voy a trabajar, les voy a cortar el pelo a todos de gratis, lo juro, lo juro!”.

El líder pandillero lo veía con ojos de lástima, pero no intervino por su homeboy. Ni siquiera preguntó qué había hecho para que todo aquello estuviera ocurriendo en su propia casa.

Los golpes cesaron. Los guardianes de la noche le quitaron el celular de la señora y le hicieron una última advertencia: si volvía a robar lo iban a desaparecer.El Pinki volvió llorando y vapuleado a su casa. Ahí se encerró para sanar sus heridas sin la anestesia de la marihuana.

Una semana después de que los guardias de la noche vapulearan a El Pinki, un grupo de jóvenes se reúne frente a un bulto de basura humeante en la orilla del Río Coatán, en Tapachula, en la misma colonia donde le propinaron la paliza al pandillero. Son cerca de las 3:00 de la tarde y el grupo se refugia del sol pegándose a un muro que proyecta una sombra piadosa. El Güero, un hombre bajito, de cuerpo fibroso y cabeza rapada, atiza el fuego con un tubo largo de plástico mientras recuerda en voz alta la paliza de El Pinki.

“N´ombre, yo les digo a estos morros que no se anden metiendo en pedos, que aquí la cosa es diferente, aquí ya no están en su casa”, dice El Güero.El Pinki escucha el relato sentado en la acera y mira de reojo con una mezcla de furia y pena. Los demás oyentes asienten con la cabeza.

La juntura que hay en este lugar es, cuando menos, extraña. Hasta hace poco, imposible. Los cinco jóvenes reunidos son pandilleros, pero pertenecen a dos estructuras históricamente en guerra que dejaron decenas de miles de muertos en El Salvador solo en las últimas dos décadas. Tres de ellos son de la MS-13 y dos del Barrio 18. Esta tarde están aquí reunidos como homeboys de una misma clica, como se le llama en argot pandillero a una célula o grupo. Aunque ellos no son una clica.